Se hace un nuevo día, y este nos tiene preparada una excursión al Valle de los Incas, Saqsaywaman y Ollantaytambo. Obviamente, después de haber estado en el Machu Picchu, nuestras expectativas no eran muchas, sobre la belleza o el interés que nos pudiera deparar estas nuevas visitas. Pero, gracias a Dios, no fue así. Estas nuevas visitas no tenían la magnitud del Machu Picchu, pero estaban también revestidas de una magia única. Cada sitio obedecía a una planificación respecto a las distintas tribus y/o categorías sociales, o a aspectos religiosos o como se quiera llamar a los mitos consagrados por el pueblo Quechua y sus Incas.

El enigma del Camino del Inca y su conexión histórica

El Valle de los Incas nos sorprende primero porque por ahí pasaba el Camino del Inca, camino que venía desde el sur, pero bien al sur, desde Argentina y Chile, y donde recorrimos un tramo de unos 2 kilómetros, y sentíamos electricidad en nuestros cuerpos, de solo pensar que por esa senda caminaron hace cientos de años, sobre esas mismas piedras y esa misma tierra. Algunos pasajes daban un poco de vértigo, ya que uno va caminando por un sendero, y al costado cae la ladera de la montaña, de forma vertical, a una profundidad de más de 200 metros, bien pedregosa, por lo que el cálculo que uno se hace en su interior es que no sobrevive a una caída de esas.

Quedan los remanentes, las bases, de las construcciones de aquellas épocas, siempre todo en piedra, material abundante si lo hay. Se percibe la grandeza que tenían estas poblaciones por el tamaño, el desarrollo que denotan, las obras de infraestructura que contenían.

Los asombrosos misterios arquitectónicos de Saqsaywaman

Seguimos camino hacia Saqsaywaman, donde resaltan unas gigantescas paredes con piedras de cientos de toneladas, y traídas de una distancia considerable, decenas de kilómetros. La primera pregunta que surge es: ¿cómo lo hicieron? Además, deja sin aliento ver la precisión con la que están talladas, para que encajen una en la otra, en cada ángulo, en cada corte, en cada costado, y, obvio, sobre las superficies donde se apoyan unas sobre otras. Como he dicho, estas van montadas unas sobre otras, sin ningún tipo de argamasa, por lo que el calce es perfecto, no cabe ni una cuchilla entre dos piedras. Y ante la pregunta de cómo lo hicieron, nos vuelve a hacer reflexionar algo que ya nos había planteado un historiador en la Provincia de San Luis, respecto a las pircas construidas en el Volcán de La Toma, y es que el tiempo no existía. Esta reflexión me sorprendió durante un tiempo, pero después de analizarla, es conducente y explica tantas hazañas del hombre en la antigüedad, la Edad Media y el Renacimiento, hasta entrado el siglo XIX. Es que el tiempo es un concepto muy propio de nuestros días. En aquellas épocas, con herramientas rudimentarias, transporte escaso, lento y de poco peso, ingeniería básica, las cosas se hacían y la vida se iba en ello , la tarea era la vida , el tiempo lo determinaba la finalización del trabajo encargado , y no que trabajo tuviera un tiempo .